Bajo el cielo estrellado pero sobre la tierra se encontraban cada uno de nuestros cuerpos, tendidos en la playa una noche tranquila de verano. Por nuestros cuerpos, aún húmedos por aquel relajante baño en el mar, corrían pequeñas gotitas de agua salada.
Estábamos en silencio, ninguno decía nada. Sin embargo era un silencio agradable y nada molesto. En aquel momento no había nada que añadir, todo estaba dicho, y, gracias a aquel silencio éramos capaces de entendernos sin necesidad de palabras.
Las estrellas ardientes resplandecían nosotros como si nos dedicasen deslumbrantes sonrisas. Lentamente alcé una de mis manos intentando alcanzarlas, capturarlas, poderles pedir un deseo.
Aquella noche dorminos unos junto a otros como si fuéramos una gran familia, dándonos el cariño y el amor que jamás habíamos de nuestros parientes sanguíneos.
¿Sabes por qué aún recuerdo aquel día? Porque por difícil que parezca fue el primer día en el que tú no me asaltabas en mis más profundos sueños.
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