Ayer tuve una pesadilla en la que tú aparecías.
Tus fríos y oscuros ojos llenos del más profundo de los odios que jamás antes había sido capaz de apreciar. Tus ondulados cabellos claros extendidos sobre tu rostro y cuello tapando las cientas de cicatrices que tu mismo te habías producido. Tu gesto duro y despiadado daba a entender el que no vacilarías a la hora de la verdad. He de reconocerlo, te asemejabas tanto a la frialdad que podría haberte confundido con la muerte.
Recuerdo el escalofrío que recorrió mi espalda cuando nuestras miradas se encontraron. Recuerdo el sentimiento que me invadió, la certeza de que hiciera lo que hiciese sería incapaz de huir de ti. Recuerdo cómo te lanzaste sobre mí, todos aquellos intentos estúpidos por conseguir escapar. Soy incluso capaz de recordar cómo mis gritos desgarrados chocaban contra las paredes sin respuesta.
Después de todo aquel dolor, sufrimiento y miedo. ¿Sabes lo que más me aterrorizó? Que aquello no fuese otra cosa sino la realidad.
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