Pintaremos en el suelo una gran sonrisa para intentar olvidar nuestras penas. Lástima que en ese instante el cielo esté llorando y nuestro dibujo se pierda en infinita tristeza.

Ojitos de cordero degollado

-¡Estoy enfadada! -Declaré gritando con fuerza a la vez que me cruzaba de brazos. Lo miraba directamente a él con el ceño fruncido y los dientes muy apretados, casi haciéndome daño.
-¿Enfadada? ¿Enfadada por qué? -Me miraba dubitativo, una de sus cejas alzadas y una pequeñísima mueca comenzaba a asomarse por sus labios. La verdad es que parecía incluso preocupado por si había hecho algo que me hubiese molestado. Já, se lo merecía.
-¡¿Cómo que por qué?! -Mis ojos se abrieron como si estuviese sorprendida. -Pues... pues... -vacilé un momento sin saber muy bien qué decirle. -¡Porque me estoy volviendo super dependiente! -Dejé de sostener su mirada para posar la mía sobre el suelo, sobre nuestras piernas.
-¿Super dependiente? ¿A qué te refieres? -Una sonrisita se formó en sus labios. Sí, vale, me imagino que ya sabía por dónde iban los tiros. Pues no, no pensaba darle la satisfacción de decirle exactamente lo que él esperaba que dijese.
-A que... Ahora el que cocina eres tú -Vale, sí, frase rápida que viene con inconveniente incluido: suma estupidez.
-Iryn... ambos sabemos que eso no es lo que querías decir. Venga... ¡Dilo! -Me dio un par de golpecitos en el brazo, suplicante mientras me ponía ojitos de cordero degollado. Tsk... a esos ojitos no había Dios que se resistiera.
-Bueeeno... a que te amo demasiado -Susurré muy bajito.

A continuación, noté sus labios sobre los míos en un profundo y cálido beso.

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