Verano. La noche despejada nos permitía visualizar cada una de sus pequeñas estrellas radiantes, cada cual de una belleza mayor.
Mi cama, angulada para poder admirar el cielo día tras día, se encontraba sola y fría.
Yo, tonta de mí, estaba demasiado ocupada escribiéndote cartas de amor mientras que tú, amante incondicional, te tirabas a los brazos de otra mujer.
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